viernes, 14 de mayo de 2021

Volver

Volver, se pueden cerrar los ojos y volver.

De la misma forma, yo he vuelto a este blog, que tenía bastante tiempo sin visitar, hoy, 14 de mayo de 2021, en Madrid.

martes, 10 de octubre de 2017

Casi Medianoche

A dos hermanos de la vida.

De nuevo no podía dormir, de nuevo pensando en aquella película sin estrenar, escondida y llevando polvo en algún lugar de Valencia, o al menos eso creía. Hacía tiempo le había perdido el rastro a aquel misterioso director y su novia belga que hacía las veces de camarógrafa, representante, productora, editora y un montón de cosas más alrededor del aura de una obra que nunca había salido a la luz. Fue la lectura de The Night, de Blanco Calderón, lo que le hizo recordar aquella inédita película de la que solo había visto el tráiler en internet hace unos años. Aquella noche, en medio del insomnio, intentó buscar el tráiler para verlo de nuevo, pero todo intento de búsqueda fue en vano, no había rastro de la película en la red; la página de Facebook, el blog y la cuenta de twitter habían sido clausuradas.

Dos y media de la mañana, la avenida Bolívar es un perro hambriento que duerme, como siempre, con el sueño ligero de los que no han comido y están de mal humor, y eso lo saben Nelson y Darío mientras la recorren en moto, no se pueden equivocar. Ante ellos su destino, el Hotel Le Paris, o al menos lo que queda de él, un edificio de esplendor ajado y cubierto por el polvo y la cal que suelen dejar a su paso las revoluciones. El plan era sencillo: entrar de alguna manera al hotel y ubicar de inmediato la cocina del restaurant, donde según Guillermo, el padre de Andrés, su hijo ocultó una de las pocas copias de aquella película que dirigió, pero que nunca estrenó: Casi Medianoche.

Siguiendo las instrucciones del profesor Pedro Crespo, asiduo visitante del bar de aquel mítico hotel durante muchos años, Nelson y Darío habían ideado un plan de acción luego de que rompieran los dos candados que sellaban la puerta de servicio del hotel a un costado del edificio: derecho todo el tiempo hasta llegar a la recepción, luego a la derecha hasta encontrar una pared; en ese punto debía haber a unos dos metros de distancia hacia la izquierda una pequeña puerta, “como para un enano” había dicho el profesor, que daba entrada a la barra de su lugar favorito durante la década de 1980, porque a través de esa puerta se entraba al área de servicio del bar del hotel, el cual era una especie de antesala al restaurant. 

El ambiente, más que oscuro, era de una pesadez casi insoportable, porque podía decirse que los ruidos y luces de la noche valenciana penetraban en el hotel, pero solo lo hacían para morir en él, asfixiados por los vestigios de eventos decadentes que todavía bailaban en el aire. Todo ello más allá de que las paredes del hotel y los muebles de la recepción se encontraban en un estado sorprendentemente presentables, e incluso limpios, cuidados. Nelson y Darío lo sintieron, y una mirada que cruzaron ante la “puerta del enano” fue suficiente para comprobar que el sentimiento era recíproco. Aquí vive alguien, susurró Nelson, más para el hotel que para Darío, quien en ese momento se encontraba girando ya el pomo de la pequeña puerta, y entraron.

“En el Cine Arte Patio Trigal no tenemos cintas que no pasemos, y mucho menos si son venezolanas, porque acá siempre hemos apoyado al talento nacional”; sentenció Blanca Gárate con solemnidad y esa sensualidad casi innatas en ella durante aquella tarde lluviosa de julio. Le Sirup era el lugar, como siempre. Pero ¿no tienes ninguna idea de dónde la pueda encontrar? insistí, a lo que Blanca respondió: tú sabes que él sigue viviendo con sus papás, cerquita de aquí. Sí… con el señor Guillermo, respondí en modo automático.

No existía ya ninguna cocina, lo supieron desde el momento en que terminaron de cruzar la pequeña puerta. Ni cocina, ni restaurant, ni siquiera el tan añorado bar, aquello era difícil de definir. El lugar estaba en ruinas, abarrotado de todo tipo de objetos, sobre todo libros y periódicos de todas las edades, dispersos en mesas, estanterías, bolsas y en el suelo. Había también un toca discos antiguo, con una funda de un vinilo de Carlos Moreán al lado. Pero sin lugar a dudas lo que más llamó la atención de Nelson y Darío fue una luz tenue y que cambiaba de color desde el fondo, donde se encontraba lo que parecía la única sección de aquel espacio que había logrado mantener su privacidad gracias a un muro mugriento y desgastado.

Pasen, la película ya está empezando, ¿por qué tardaron tanto? – vociferó alguien detrás de ese muro cuando Darío y Nelson todavía no habían asimilado del todo aquel lugar, y el corazón se les heló al instante a los dos. Dejaron que las palabras reposaran en la pesada habitación, como si eso fuera a hacerlas desaparecer, pero la voz volvió a insistir: no tengo toda la noche hermanos, salgamos ya de esta vaina. Entonces Darío y Nelson se miraron por primera vez dentro de la habitación, y temblaban, como dos niños asustados bajo la lluvia, pero al mismo tiempo hallaron cada uno en los ojos del otro el valor para acabar de una vez con aquello, y avanzaron juntos hacia la luz. La sala al fondo de la habitación era pequeña, sin ventanas y sin muebles, solo había en ella un antiguo proyector de cine y un banco sin respaldar donde estaba sentada la voz, un hombre mayor vestido de traje y sombrero con gafas oscuras y un bastón, descalzo. El proyector estaba encendido, proyectando sobre la pared de frente al hombre un fondo negro salpicado por las características rayas blancas que aparecen en las películas viejas. Finalmente - dijo el hombre una vez hubieron cruzado el umbral - y bienvenidos - sentenció mientras se volteaba y se quitaba las gafas. Entonces el desconcierto de Nelson y Darío aumentó mientras dos ojos blancos y vacíos hacían el simulacro de verlos. 

Es el tipo del tráiler, el carajo del bastón, los lentes y el sombrero, el ciego – lanzó Darío al vacío.

Pero ni Nelson, ni el hombre mayor o el vacío respondieron, y en ese momento la imagen en la pared cambió. Ante ellos se mostró un plano completo del hotel Le Paris desde el otro lado de la avenida Bolívar. Era de noche y el hotel estaba abierto, luciendo un esplendor de otra época, con sus letras magenta de neón que invitaban a cualquier viajero que se estimara a adentrarse en sus fauces. De repente el sonido de una moto rompe el silencio de la noche y aparece desde el lado derecho de la calle, deteniéndose justo al frente de la entrada del hotel. Dos personas van a bordo de la moto, y mientras se bajan y quitan los cascos Darío y Nelson se reconocen a ellos mismos en la escena que se refleja sobre la pared.

Fotografía de Gian Cascarano


domingo, 16 de octubre de 2016

Relativismo trágico

"Die Leuchte Deines Leibes ist Dein Auge
Ist nun Dein Auge lauter,
wird Dein ganzer Leib im Licht sein;
ist aber Dein Auge böse,
wird Dein ganzer Leib im Finstern sein".
Matthew 6.22



Ha pasado un tiempo desde la primera entrada de este blog llamado relativismo mágico. Aquella entrada también se llamaba así: Relativismo Mágico, en un intento de introducción a un sitio donde las ideas e inquietudes de una mente esperaban encontrar desahogo y cierta libertad. Pero con el tiempo, esa mente ha aprendido a ser más paciente, ha aprendido a escuchar y mirar más antes de anotar y escribir, porque se dio cuenta de que quizás en un momento sus actitudes y posturas eran demasiado vehementes e impulsivas para lo poco que había experimentado en realidad: mucha tinta y papel, pero pocas cicatrices.

Sin embargo, la idea central de todo esto sigue presente en la vida de esa mente: el relativismo de todas las cosas de la vida. Es increíble, y no lo digo en el sentido cliché en el que solemos usar esta palabra, sino en el sentido de que es algo casi imposible y difícil de creer. Bueno, sí, quería solo acotar eso, pero ahora sigo, son increíbles las múltiples perspectivas que se pueden generar a partir de cualquier cosa y situación, y más increíble todavía son, sin lugar a dudas, los sentimientos y sensaciones que de esas cosas y situaciones se pueden desprender. Y hablo de todo, o al menos lo que mi mente me permite percibir como todo dentro de los sucesos y fenómenos ocurridos dentro del tiempo y el espacio que me han tocado vivir.

Todo es relativo…

Hay abandono, pero también hay exceso de protección
hay amor, pero existen los que se hartan de recibirlo
hay perdón, pero abunda el orgullo
hay palabras, pero existen dietas exclusivamente a base de silencio
hay violencia, pero hay quienes añoran ser maltratados
hay alegría, pero también está la envidia
hay tristeza, pero la autocompasión puede resultar un serio problema
hay miradas de amor, pero igual hay ojos sarcásticos
hay mucha hambre, igual o más que la comida botada todos los días
hay voluntades de acero, pero también existen los frágiles corazones
hay quienes quisieran contarlo todo, pero nadie los escucha
y hay algunos que hablan, y no necesitan convencer a nadie
pues ya lo han hecho desde el principio
con su imagen o primera palabra

hay quienes creen tener fe, y hay para quienes la fe no existe
hay quienes insultan para evitar encontrarse consigo mismos
y hay quienes alaban para evitar verse en un espejo
casi lo mismo

hay sueños, miedos y esperanzas
almacenados en algún lugar de todas las almas humanas.


Son muchas las cosas que podría contar, pero no tendría sentido escribir tanto cuando se trata de relativismo, sería una especie de “broma infinita” al estilo de David Foster Wallace, con todas mis limitaciones por supuesto, pero supongo que de cualquier manera no sería práctico escribir tanto en un blog. 

Eso sí, si hay algo que noté en los últimos años y merece ser nombrado es el matiz infinito que puede existir dentro de todo relativismo, como un espejo que contiene a su vez un espejo con otro espejo, y así infinitamente.

Hace más de seis años el relativismo era mágico para mí, entendiéndose mágico como un conjunto infinito de situaciones y posibilidades, ¿no es acaso eso la vida?

Hoy, sé que el relativismo es trágico también, y al visualizar todos los frentes vitales no puedo sino quedarme en silencio, contemplar, e intentar aprender.



Fotografía de Jacqueline Yammine 



domingo, 18 de octubre de 2015

Final de temporada

A pesar de todo, la vida es bella.
Goethe


Últimamente tengo en mi cabeza la sensación de un final de temporada, sí, como los de las series de TV, y no es que me crea yo la gran vaina, un actor de primera disfrazado de algún moderno protagonista, no, simplemente siento que a mi alrededor muchas cosas llegan a su final, a una etapa de “volver a comenzar”, y dentro de mí se manifiesta constantemente un sentimiento de “nostalgia anticipada”, pues hay cosas que no se han terminado aún y ya las percibo en mi alma con cierta añoranza.

Ahora bien, ¿no ha sido acaso la vida siempre así? es decir, se vive, pero a la vez se añoran muchas cosas en el presente, que es siempre: la infancia, los abuelos, los amigos, los sabores de la infancia, el olor de los abuelos, las voces de los amigos y tantas cosas que fueron hermosas sin que lo supiéramos en el momento, inconscientes en aquellos instantes de la gran belleza ante nosotros.

La verdad es que no lo sé, sinceramente no lo sé. No sé si la vida siempre ha sido así, es difícil dar una respuesta del todo certera al respecto, pero intuyo algo, adivino una oscura trampa en el presente, un detalle que probablemente es el detalle que inspira el sentimiento de final de temporada: la desesperanza.

No me quejo, no me gusta quejarme por nada en realidad, pues soy alguien en exceso afortunado en un mundo a veces tan desgraciado, a veces tan injusto y tantas veces tan grotesco, pero en el aire de estos tiempos respiro mucha desesperanza, una desesperanza preparada a base de ira, resignación y rabia, de la que quiebra y mata, nada buena para el alma.

Entonces quizás, solo quizás, es esta mortal desesperanza la que hace que sienta terriblemente presente en mi corazón la sensación de final de temporada, pues en los buenos momentos de mi vida, que afortunadamente nunca me han abandonado, siento últimamente una especie de aquella “nostalgia anticipada”, porque en el fondo temo que momentos como esos probablemente nunca vuelvan, y entonces ser consciente de la profunda belleza de un instante, un beso, un gesto o una caricia se convierte en una envenenada y desgarradora puñalada en el alma, es agonía en medio de la dicha. 

O quizás, solo quizás, es por la gente buena que, en medio de esta puta desesperanza, se ha ido y se irá.

Quizás, solo quizás… no lo sé con certeza. Lo único que sé realmente es que yo no quiero que, aquí o en cualquier lugar, se apodere la desesperanza de mí, ni de los que se quedan, ni de los que se van, porque aquí o en cualquier lugar, sé que la desesperanza envenena lentamente y al final acaba por aniquilar todo lo bueno que de un alma puede surgir.

Puede llegar a su fin una temporada, e incluso la serie en sí puede terminar para siempre también, pero nada impide que otras a su vez, temporadas o series, comiencen para tejer los hilos de una nueva trama, hermosa trama, a pesar de todos los vaivenes que tienen los capítulos de una vida.




domingo, 4 de octubre de 2015

Carne y refresco

¿Cuál es la mejor manera de llamar a un mesonero en un restaurante que solo ofrece "carne y refresco" en su menú?

"Carne y refresco" es la suculenta oferta que se presenta ante los ojos del conductor o pasajero poco antes de llegar al "Fundo La Maizena", atendido por sus propios dueños, un poco después de pasar el oscuro Km 88, en "El Dorado". Ah, también venden cerveza.

"Pápa", se atrevió primero Panchi, precedido de un leve silvido.

"Compi", propuso un poco fastidiado y hambriento el recién levantado Chu.

"Jefe", exclamó con aplomo y seguro de sus palabras César.

Jessica y Manuel no lo intentaron ni opinaron sobre el tema, creo que no les interesaba.

En medio de esta curiosa discusión llega al fundo un hombre de unos 48 años de edad, alto, robusto, algo regordete quizás, maracucho...

"¡Buenas tardes!", saluda el hombre activa y amablemente con su peculiar acento marabino.

"Buenas tardes", respondimos algunos al saludo del recién llegado.

Acto seguido, el hombre vociferó con una autoridad incuestionable: "Hermano, un fresco por acá por favor".

Ninguno de nosotros dijo nada, pero todos entendimos cuál era la manera de pedir algo para tomar en un lugar que ofrece en su menú "carne y refresco".

Acto seguido, César imitó al detalle el discurso y los gestos del maracucho, y efectivamente la fórmula resultó exitosa, pues el dueño del fundo (lo asumo porque tenía una franela blanca con la fotografía de una vaca marrón en el centro y la leyenda "Fundo La Maizena") hizo caso a nuestro llamado (el de César en realidad) y al llegar ante nuestra mesa expuso la oferta de carnes y refrescos disponibles en el menú: "El kilo de carne está en 2800 bolívares" fue todo lo que dijo en un principio, pero luego de un breve consenso entre nosotros y de que finalmente nos decidiéramos a pedir 2 kilos añadió: "déjame ver, no sé si llego a los 2 kilos". Ante este escenario César, observando que otros comensales disfrutaban además de la carne de un plato que venía con yuca y ensalada (yuca al vapor y ensalada de repollo, como la de los perros calientes), preguntó al mesonero/dueño por un plato de estos (no, dos mejor, dijo). "OK", dijo el mesonero/dueño mientras anotaba. César, no muy convencido intentó reafirmar el pedido: "Compa, con bastante yuca ya que no hay mucha carne", a lo que el mesonero/dueño respondió "No sé, déjame ver, porque no sé si me queda mucha yuca", acompañando estas palabras con un gesto de calma de la mano que no escribía. Ante esto César se dio por vencido, pero al menos lo había intentado, aunque al final no hubiera suficiente carne o suficiente yuca. Por otro lado, el refresco sí estaba plenamente garantizado, eso sí, solo Pepsi o Frescolita. Dos Pepsis fue la orden (no, primero mejor trae una y luego la otra, acotó Panchi antes de que el mesonero/dueño se alejara de nuestra mesa).

La comida no tardó en llegar, y todo fue una ilusión, una táctica del mesonero/dueño, pues no faltó aquella tarde ni carne ni yuca, además de la ensalada que sí estaba previamente garantizada. Quedamos todos satisfechos. Vale acotar que Manuel, haciendo honor al eslogan del lugar, solo comió "carne y refresco" durante aquel almuerzo. Buen almuerzo aquel.

Luego seguimos nuestro camino.




domingo, 2 de agosto de 2015

Ecos (A la 37)

A la 37

Alguna vez, con poco más de 17 años K pensó en todo lo que había vivido hasta entonces, sentado en un pupitre de un salón, en el tercer piso del Colegio Calasanz de la ciudad de V, y se dio cuenta, aunque suene demasiado obvio y lógico, que para entonces más de la mitad de su vida, casi unos 12 años para ser exactos, los había pasado yendo prácticamente todos los días a ese lugar, compartiendo con mucha gente que aquella vez estaba sentada a su alrededor en el mismo salón. Pero a veces lo que es demasiado obvio y lógico no suele ser precisamente demasiado visible, y K lo sabía.

Por otro lado, más de una vez temió K que alguna que otra clase nunca terminara, y que el destino lo condenara a vivir eternamente en una calurosa clase de matemáticas o de historia de P, sobre todo cuando la clase tocaba en la última hora... esa que iba de mediodía a 12:45 de la tarde. Vale acotar en este punto que el timbre de mediodía solía ser especialmente caluroso respecto a los demás, o al menos eso cree K, pero no sabría decir por qué, quizás era una cuestión mental, o tal vez los autos que recogían a los felices estudiantes que ya habían salido de clases para ese momento calentaban especialmente toda el área del colegio hasta los mismos salones, o puede que fuera el ruido, o el hambre, y a veces hasta el mismo amor no correspondido, todas esas cosas dan calor. Sin embargo, muchos años después, K entendió que "todo pasa", desde la alegría más eufórica hasta la tristeza más profunda, desde el instante más hermoso hasta la imagen más terrible, desde el encanto más fantástico hasta el asco más sincero, desde el calor más azul hasta el frío más rojo... todo pasa, y lo que nos queda es saber apreciar cada momento en su más justa y pura medida, sin pensar en el mañana, porque como K suele repetir constantemente: "siempre es hoy".

Así, K aprendió después de un tiempo a no atormentarse con el tiempo... y así se dio cuenta que no existen clases demasiado largas o demasiado cortas en la vida, la medición del tiempo es un invento, ni amigos efímeros o eternos, una amistad verdadera no vale gracias al tiempo, ni timbres fríos o calientes, porque el sonido al fin y al cabo siempre es el mismo, su interpretación depende de cómo esté el corazón. K entendió que simplemente la vida es, siempre en presente, un viaje en el cual, aunque a veces no lo entendamos, la espera y la contemplación son las más grandes bellezas, porque el que espera respeta y el que contempla ama.

El 26 de julio del año 2005 sonaba justo a las 7 de la mañana aquel potente e inconfundible timbre de tantos recuerdos, de tantos finales y comienzos, de tantos fastidios y alivios, de tantos momentos, de tantos recreos, y en fin, de tanta vida. Sonaba aquel timbre marcando el inicio de un día de clases sin alumnos en el Colegio Calasanz de la ciudad de V. Sí, sin alumnos, porque aquel día ya no habían clases, ya estaban todos los estudiantes de vacaciones, más ello no impedía que el timbre siguiera sonando, y los que alguna vez fueron al colegio en días sin clase lo saben y lo pueden corroborar, es un timbre automáticamente programado, que no distingue en su mecánica naturaleza cuando hay o no alumnos sedientos o temerosos de su estridente sonido. Y los de la promoción XXXVII lo saben también, aquel día se graduaron, y más nunca volvieron a estar todos juntos en el mismo lugar, en aquel colegio de la ciudad de V.

De vez en cuando, algunas noches, K sueña con clases y recreos en aquel lugar, con caras que hace tiempo no ve, con voces que hace años no escucha... y entonces K vuelve a recordar lo bueno que fue, y entiende que sí, que inevitablemente todo pasa, pero también entiende que ello no impide de ninguna manera que lo alguna vez vivido siga siendo hermoso.



lunes, 29 de junio de 2015

Apuntes sobre el color rojo

Rojo, todo era rojo ante mis ojos.

Cerrados y tranquilos mis ojos, soñando, bajo aquel resplandor de sol caribeño.

Yo no quería abrir los ojos, quería vivir en aquel contraste de rojos, desde el negro hasta el amarillo, todo era tranquilidad,y ahí estaba yo, acostado sobre ardiente arena que no quemaba, arropaba.

El rojo es mi color favorito, lo sé desde que era un niño, por más que durante algún tiempo haya tratado de ignorarlo.

Rojo es el color del amado tomate y rojos los labios que anhelo, inocentes y ardientes, como estos granos de arena, aunque aquellos no arropan, queman, a distancia, con altiva indiferencia, pues nunca los he probado, pero son rojos, y eso me basta para imaginar, aquí, acostado, con los ojos cerrados, soñando, añorando, lleno de sol, en fin, feliz, a pesar de la sed.

La sed era azul, en contraste con tanto rojo, pero el agua estaba ahí, ante mí, yo solo debía levantarme y dejar el rojo atrás, más no era esa mi intención, ¿o acaso existe en el mar un lugar donde rojo y azul se funden calmando el deseo y la sed a la vez?

Tengo miedo, lo sé, porque más cómodo es estar arropado por las arenas de la imaginación que dejarse llevar por las aguas del deseo.

Es más fácil vivir con los ojos cerrados en el rojo imaginario que adentrarse en las aguas violentas de la pasión en la búsqueda del rojo que realmente amo, porque sí, el mar también puede ser rojo si se ahonda en su terrible profundidad, cerrando los ojos y abriéndolos en sus aguas saladas que endulzan el alma.

Rojo, todo era rojo, incluso ella, aunque no lo supiera con certeza, pero estaba seguro de que ella era rojo, aunque poco la conociera, rojo, igual que yo.




viernes, 19 de junio de 2015

The Show That Rocked

Dedicado a todo aquel que de alguna manera 
tuvo que ver con la existencia de "A la cuenta de 3"

Cae la tarde y voy saliendo de "Jumanji". El carro que tengo la suerte de manejar todavía está caliente por dentro producto del sol vespertino y mi cuerpo exhausto de casi medio día asistiendo a clases. Pero ni el calor ni el cansancio impiden que me percate que son ya pasadas las cinco de la tarde y que es hora de sintonizar la 95.7 FM en el reproductor ochentoso del carro... ¡Justo a tiempo! están en la presentación, siempre tan pintoresca y alborotada, llena de sonidos y efectos que me sé de memoria y tarareo como un niño. Sí, comenzó "A la cuenta de 3"... y sí, "Jumanji" es el nombre que algunos le dan a una universidad donde hace un tiempo ya estudié.

No recuerdo cuántos mensajes de texto y luego tweets envié para conversar con ustedes de cualquier tema, y tampoco puedo describir la emoción adolescente que sentía cada vez que leían al aire lo que les había escrito... era simplemente genial: un libro, una canción, una película, una idea, un país, un sentimiento, el sentido común... ¡el sentido común! sobre todo eso amigos es lo que han transmitido a lo largo de estos últimos nueve años en un país que tanto lo ha necesitado y sigue haciéndolo hoy más que nunca, porque sí, son ustedes, Henrique, Michelle, Iván, Erika, Julio, Ybeth y estoy seguro todo el que de alguna manera ha tenido que ver con "A la cuenta de 3" ejemplo de la gente que necesitamos para construir no sólo un país, sino el mundo mismo.

Una vez recomendaron y hablaron mucho sobre una película británica: "The Boat That Rocked". Apenas tuve el chance la vi y pronto se convirtió en una de mis películas favoritas (en compensación por eso hasta les envié una vez desde Valencia una película: "Soul Kitchen"). Los tiempos difíciles, la hostilidad, la oscuridad, el miedo, la desesperanza... y ante eso la valentía, la buena música, la genialidad, la mente positiva, la esperanza y sobre todo el orgullo de saber estar haciendo en el tiempo y en el espacio que les tocó vivir las cosas de la manera correcta... de eso trataba "The Boat That Rocked" ¡qué casualidad! ¿no? la ficción de aquella película y la realidad de "A la cuenta de 3" son más que hermanas... por ello mis respetos y gracias sinceras, creo que nunca he aprendido tanto como con ustedes escuchando radio, y ha sido un honor.

No me despido, porque sé que seguirán ahí, de cualquier manera, sumando y aportando buenas cosas dentro de este fantástico cosmos.

Hamid, un oyente que alguna vez los escuchó en Jumanji

domingo, 31 de mayo de 2015

Fragmentos de parque (parte II)

En un parque pasan tantas cosas
a nuestro alrededor
sin darnos cuenta
ciegos como a veces
solemos estar

en un parque hay amor, deseo y lujuria
celos, miradas y palabras
tactos delicados y bruscos
árboles que susurran y toda clase de insectos

hay sonidos de toda clase
sonidos de la naturaleza
voces de la tierra
sonidos y voces que a veces
no sabemos interpretar y valorar
en su justa medida

hay muchas voces en un parque
humanas, animales y vegetales
¿qué dicen todas en conjunto?
¿qué dice cada una de ellas?
¿algo para mí?
no lo creo

o quizás todo es para nadie
y para todos a la vez
porque
¿quién puede saberse dueño de la naturaleza sino Dios?
y ni siquiera...

porque puede que Dios sea la naturaleza misma

en un parque he vivido muchas cosas

en un parque amé
y en un parque por momentos
llegué a odiar
en un parque sufrí
y en un parque también reí
reí hasta que
me dolieron
costillas y mandíbula

en un parque también soñé
soñé mientras
caminaba
y
contemplaba
lo verde del camino
lo cósmico del instante
lo mágico del destino

en un parque me enamoré una vez
y otra vez en un parque
supe que estaba enamorado

hay un concierto de chicharras
pregonan la lluvia que pronto
llegará
o quizás
no llegue hoy
pero tarde o temprano
caerá

una vez
en un parque también
tomé una foto con una Kodak desechable
alguien se abrazaba con un árbol
hermosa imagen
mujer y planta
fundidos
como un solo ser

aquel día
en un parque
sé que fui feliz

también vi
en un parque
a niños sedientos
sirviéndose agua de un bebedero
en vasos "Celoven"
de varios colores eran
lo común, eso sí
era la sed

en un parque pueden pasar
tantas cosas
desde el caer de las hojas
hasta el llanto del niño que
no tiene en sus manos
el helado que desea

a eso vine
a contemplar
a aprender
de la naturaleza
del parque
aunque sea sólo un poco.


sábado, 30 de mayo de 2015

Fragmentos de parque (parte I)

En un parque alguna vez caminé
en un parque alguna vez pensé
y muchas cosas ahogaron mi alma
entre ellas recuerdos y tardes frescas
porque en un parque una vez
me di cuenta
que la vida no era ayer ni será mañana
la vida "siempre es hoy"
como alguna vez cantó Cerati
y entendí que aquel mar en el parque
era un océano
de nostalgia por ayeres bien vividos
y entonces... ¿dónde está el sentido?

en un parque alguna vez lloré
pero quizá no haya sido por tristeza
pues las lágrimas dulces existen
y derramarlas no es debilidad
es fortuna

en un parque entendí
lo que Cortázar quiso decir
con sus "Babas del diablo"
esas sin tiempo ni espacio
imaginarias y reales a la vez

en un parque supe
a través del murmullo de los árboles
que la soledad no existe
ni que la queramos

en un parque
me reí
y en un parque me enamoré

sorprende todo lo que
en un parque
verde o gris
puede ocurrir.



sábado, 9 de mayo de 2015

Sin táctica ni estrategia

A Ligia y a Miguel.

Ligia Margarita de los Dolores escribe, como puede, su respuesta, entre ansiedad y pasión contenida, entre disimulo y algo de cordura también, porque tampoco quiere mostrar demasiado, tampoco quiere parecer "una cualquiera" o "una regalada", no, ella no va a ser una más. Y ya bastante está haciendo mientras plasma con la pluma de tinta azul su respuesta en el blanco papel.

Entretanto, Miguel Enrique no se aguanta, y no han pasado más de quince minutos desde que regresó de la oficina de correos del pueblo de turno en sus viajes cuando se vuelve a sentar acompañado de la tinta negra y el amarillento papel para de nuevo comenzar una declaración sin barreras ni cohibiciones a su amada, ella, la única, la más deseada por su alma, intocable en la distancia, pero palpable todas las noches en sus febriles sueños; ella, la dama de sus pensamientos, Ligia Margarita de los Dolores.

Miguel ama con locura, y lo sabe, y en sus misivas se esfuerza al máximo por demostrarlo, sin que nada se le escape, ni el más mínimo pensamiento o deseo, porque no quiere que Ligia deje de saber por ninguna circunstancia lo mucho que la piensa él, no, de ninguna manera, y que en casa de Ligia digan lo que quieran de él, de "ese gallito flaco que se la pasa escribiéndole a Ligita", no importa, en algo está claro Miguel Enrique: nunca podrá reprocharse a sí mismo no haberlo dado todo en ese amor, con locura y pasión revueltas, sin distinción.

Aunque a veces Miguel Enrique duda... las respuestas de Ligia Margarita de los Dolores a sus misivas de amor no son siempre las más alentadoras y correspondidas. De hecho, casi nunca lo son. Mas trata Miguel de que eso no lo desanime, y se dice a sí mismo: "está respondiendo, ya eso dice mucho". Pero eventualmente no puede evitar hacerse la pregunta que lo tortura cuando su ánimo y amor propio se agotan: "¿escribe Ligia sus respuestas con estrategia o con total sinceridad?" es difícil de saber, pero la duda desespera, y más aún en la distancia.

No se creía Miguel capaz de hacer mucho ante esta penosa incertidumbre hasta que una tarde de domingo regresando de la iglesia a su hotel en el pueblo de turno tuvo una idea: destilar su amor. Sí, sonaba extraño, pero fueron esas las palabras exactas que se le ocurrieron en ese momento a Miguel Enrique a través de las cálidas calles del pueblo de turno al caer aquella tarde de domingo (quizás porque exactamente pasaba al frente de una cervecería local): "destilar mi amor"... y luego se dijo en voz alta "destilaré mi amor por Ligia".

Aquel domingo en la noche Miguel comenzó a destilar su amor en una pequeña libreta naranja sin usar que guardaba como repuesto para cuando se le acabase la del trabajo, y sintió desde aquel instante que su alma se purificaba a través de las palabras, destilándose sus sentimientos hasta el último fragmento... he aquí la primera página...

Puede que te ame
igual no te darás cuenta
distraída, indiferente
dejándome sin respuesta

puede que te desee
en mis pensamientos silenciosos
tímidos y complicados
estériles y fantásticos

puede que te sueñe
en las noches calientes
clara o difusamente
no dejándome dormir

y todo esto es
sin táctica ni estrategia
sin un plan de conquista
pero sí con ganas sinceras
de ti

amarte quisiera yo
aunque tú ni lo pienses
confiarte mis miedos
y empaparte de mis esperanzas

desearte quisiera yo
en mis noches y en mis días
inundando mis pensamientos
de tu pasión y tu locura

soñarte quisiera yo
en el descanso y en la vigilia
con el viento y el mar
acompañando a tu voz

pero lo cierto es que te amo
aunque no quieras darte cuenta
distraída, indiferente
dejándome sin respuesta

lo cierto es que te deseo
en cuerpo y pensamiento
anhelando el secreto
que tus labios esconden

y lo otro cierto es que te sueño
en las noches frías y calientes
despierto o durmiendo
de cualquier manera
eres la dueña de mis sueños

ahí estás
distraída e indiferente
dueña de mis sueños
de mis deseos
de mi amor

y yo, aquí estoy
desnudando mi alma
destilando mi amor
ofreciéndote mi corazón
sin táctica ni estrategia

Las misivas de amor siguieron... la semana siguiente a ese domingo Miguel Enrique envió cinco misivas, una por cada día de la semana en la que trabajaba la oficina de correos del pueblo de turno, y extrañamente se sintió progresivamente embriagado de una confianza y un amor propio que lo hacían angustiarse menos, pensar menos sus palabras y sobre todo, amar con más intensidad a Ligia Margarita de los Dolores.

El sábado, en la carretera, de camino a otro pueblo de turno y mientras sonaba en la radio la voz de una apasionada y elegante Eydie Gormé que hacía a Miguel Enrique deambular soñador por la letra y música de "Sabor a mí" se dio cuenta, de repente, de lo que implicaba "destilar su amor"... "destilar su amor" era sacar de sí lo que todavía no se atrevía a decirle a Ligia Margarita de los Dolores, y entendió a la vez que aún no había hecho saber a su amada toda la pasión y locura revueltas que inundaban su corazón, y sonrió, sí, sonrió, sonrió porque destilar su amor le había dado la hermosa revelación de que cuando se ama sin táctica ni estrategia no hay nada que pueda lamentarse, ni hoy, ni mañana, nunca. Y sabía, por alguna razón lo sabía, que algún día entregaría a Ligia Margarita de los Dolores aquella libreta naranja destiladora de su amor.

Ligia Margarita de los Dolores anhela con fervor todos los días y a cada instante una misiva de "su gallito flaco", y sueña, dormida y despierta, con él, con Miguel Enrique, aún y cuando luego de recibir cada dichosa misiva con una emoción infinita se siente a responder en su escritorio con su tinta azul y blanco papel  pensando como la mayor estratega que el amor conoció jamás.


domingo, 19 de abril de 2015

El vuelo final

El señor Mendoza siempre prefería caminar. Le gustaba, a pesar de su edad, caminar a todos los sitios a los que su rutinaria vida le pautaba ir: desde su casa a la de su hija Clara, de su casa a la panadería, de su casa a la frutería, de su casa a "la esquina de los amigos", de su casa a la funeraria, y en fin, a cualquier lugar, salvo extraordinarias excepciones, prefería ir caminando... y también las vueltas. Caminar era para el señor Mendoza, en sus propias palabras, como le había dicho alguna vez a su hija Clara ante un reclamo de esta en referencia a lo mucho que caminaba "desprenderse del peso acumulado a lo largo de los años, soltándolo poco a poco a través de las calles en forma de pensamientos".

El tiempo pocas veces apremiaba al señor Mendoza, así que todo podía hacerlo con calma, sin prisas y de una manera que él mismo llamaba "contemplativa", buscando detalles y respuestas con la simple y a la vez compleja "observación del alma", otro de sus términos predilectos. Solía afirmar también el señor Mendoza que todas las cosas en el mundo están cargadas de cierta esencia, natural u otorgada de alguna manera por un elemento de la misma naturaleza. Así, una libreta llena de notas podía estar cargada de infinitas emociones y sentimientos que alguna vez embargaron a su autor, o bien un árbol cincuentón de una avenida podía tener en su memoria de madera las historias y energías de medio siglo acumuladas en algún lugar. "Difícil de ver, sí, pero no imposible de contemplar" exponía firmemente y con emoción el señor Mendoza cada vez que tenía la oportunidad ante las sorprendidas caras de Diego y Clarita, sus dos pequeños nietos, su audiencia favorita, que luego del momentáneo trance buscaban de alguna manera "la esencia" en sus peluches de elefante y ballena, respectivamente.

Una tarde de mediados de abril, cuando el sol ya estaba por ocultarse, regresaba el señor Mendoza de la casa de su hija por la avenida principal de la ciudad, camino a "la esquina de los amigos", esos con los que había crecido y compartido tantos años... años llenos de amores, desamores, borracheras, confidencias y traiciones... pero amistad y años en su más pura esencia al fin y al cabo. Faltaba ya poco para aquella legendaria esquina cuando se detuvo en un cruce peatonal esperando el gentil gesto de algún conductor en aquella "ciudad de máquinas endemoniadas", y sí, así llamaba el señor Mendoza a la ciudad que lo vio nacer, pero es entendible dado su demostrado amor al placer de caminar, pero todo esto pasaría pronto a un segundo plano, porque mientras esperaba el señor Mendoza su turno para cruzar levantó la mirada hacia el cielo, y todo cambió...

Su mirada se encontró con tres grandes e imponentes arces, aquellos árboles tan característicos y asociados a su ciudad natal, y que desde donde en aquel momento caían con un peculiar y elegante movimiento algunos trozos secos de hojas que alguna vez durante su infancia llamó "hojas hélice", y esas hojas le hicieron recordar fugazmente aquellos años con nostalgia, y entonces entendió... e instantáneamente lágrimas dulces empezaron a caer sobre sus añejadas mejillas, porque finalmente había encontrado lo que toda su vida había estado buscando... y todo fue tan claro y nítido en aquel instante que ni notó cuando sin respiración y entre lágrimas de felicidad caía de espaldas bajo aquel cielo atardecido y su vieja boina caía a un costado llevada suavemente por una corriente de viento. Él simplemente seguía con su mirada fija en aquellos árboles que sin saberlo (o quizá sí lo sabían) le habían dicho tanto con sus "hojas hélice" caídas.

Aquella tarde de abril el señor Mendoza aprendió a leer al viento. Aquella tarde el señor Mendoza finalmente pudo creer con certeza y fe absolutas en algo que era invisible a sus ojos.

Luego de aquel día, su hija Clara va a todos lados caminando, salvo extraordinarias excepciones, y más aún si debe ir a algún sitio con Diego y Clarita. "¿A dónde fue el abuelo mamá?" preguntó Clarita hace poco... Clara, contemplando una ternura infinita en los ojos de su hija le respondió: "El abuelo caminó tanto aquella tarde luego de que estuvo por última vez con nosotros en casa que finalmente acabó por desprenderse de todo el peso que había acumulado a lo largo de sus años y comenzó a elevarse... y aún hoy está volando".

lunes, 23 de marzo de 2015

Aguas de marzo

"São as águas de março fechando o verão
É a promessa de vida no teu coração".

Águas de Março (Tom Jobim)



Todo pasa. El tiempo en ello es inflexible ciertamente... porque sí, todo pasa. ¿Por qué entonces tanta angustia? ¿por qué tanta ansiedad ante el ritmo de la vida? Si al final, siempre el tiempo ha sido igual y siempre lo será. Y sino ¿a dónde van los tiempos perdidos? ¿a dónde van los tiempos pasados anhelando el tiempo del mañana? simplemente no van, pasan estériles con nuestras mentes absortas en algo que no existe: el futuro.

El tiempo va a fluir constantemente, sin interrupciones, en un continuo caudal de sucesos y momentos, todos únicos y trascendentales aunque no los veamos así, como un río fluye hacia el mar sin detenerse, llueva o no, solitario o con seres de todas las especies nadando en él. Y ahí nosotros... muchas veces perdidos, muchas veces a punto de ahogarnos y tantas veces buscando las orillas para dejar de nadar, pero en el fondo, sabemos la verdad, sí, la de que hay que fluir siempre con el río del tiempo, sea duro o no, y aceptar las aguas como son, porque son las aguas las que nos llevan y enseñan constantemente, frías o cálidas, dulces o saladas. Benditas son las aguas de la vida.

Las aguas de hoy turbulentas están, pero lo mejor que puedo hacer en ellas es nadar con todas mis fuerzas, con todas mis ganas, con la promesa del mar que susurra mi fe, a veces fuerte, otras veces débil, pero siempre con la certeza de que las aguas de la vida nunca se detendrán, conmigo o sin mí, y si estoy aquí ¿por qué no voy a nadar?


jueves, 26 de febrero de 2015

El trovador

Han sido muchas librerías las visitadas por K hoy, y en ninguna ha hallado "El extranjero" de Camus. No es que lo esté buscando, hace años lo leyó y hace años también reposa en algún lugar de un viejo armario dentro de su pequeño cuarto, el punto es que en más de 20 grandes librerías de la señorial ciudad de V no consiguió K "El extranjero" de Camus. Sencillamente inaceptable.

"¿Qué está leyendo toda esta gente entonces?" se preguntaba K en una silenciosa pero ardiente rabia al salir de la última librería que visitó, donde el dependiente le acotó que si bien no tenían "El extranjero" de Camus podía ofrecerle la última edición de "Movimientos migratorios en la República de P". "Esto está fuera de control" se respondió K desanimadamente.

Había oscurecido ya, y K caminaba derrotado en dirección a su cuarto en la calle 42, su misión había fracasado, aunque no por eso dejaba K de mirar. Si algo tenía K era eso, amaba contemplar e intentar captar todo lo que pudiera en su entorno, más allá del mismo. Las calles de V eran una pena, grises y opacas, carentes de vida y de ritmo, con su gente triste y seca mirando al suelo, yendo con prisa, sin disfrutar el instante, sin curiosidad, sin encanto.

"Sin curiosidad, sin encanto" resonó como un eco... y entonces K entendió.

¿Cómo podía hallar "El extranjero" de Camus en una librería de V si sus calles estaban desalmadas? No hubiera sido coherente, tenía perfecto sentido la fallida aventura literaria de aquel día... y recordó además en ese momento otro detalle: no había sido Camus el único ausente, ni Cortázar, Huxley, Dostoieveski, Sagan o Zweig habían aparecido de casualidad en su búsqueda, sólo por nombrar algunos.

K siguió con su vista levantada, a pesar de que nadie en las calles de V le correspondiera con la mirada, y cosa rara, no se sentía tan mal ahora que entendía de qué se trataba todo, ni rabioso ni agobiado por la derrota. Quizás K se sintiera un poco extranjero de todo aquello y por eso su calma ahora, y quizás en su fuero interno era feliz de poseer todavía "curiosidad y encanto" en su alma, o quizá lo anterior no es más que dos "quizás".

Llegó finalmente K a la calle 42, y pronto se encontró subiendo con ansiedad por las escaleras malolientes del "Turpial 63", edificio que albergaba a su pequeño cuarto. Ya entre sus familiares y mohosas paredes K buscó casi con desesperación su vieja edición de "El Extranjero" entre sus ropas y diversos objetos guardados en el armario, y lo encontró.

Abrió maquinalmente la obra de Camus y leyó:

"Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: <<Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame>>. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer".

Y K se sintió a salvo.

martes, 6 de enero de 2015

La pelota

Desahogo, eso suele ser a veces escribir, un poco para escapar de la agobiante realidad y otro poco para saborear un universo solitario más placentero, y el resto puede ser cualquier cosa, depende de quien escriba, y todos tienen derecho a escribir, cualquier cosa, los versos más sublimes o los puntos suspensivos más largos que la literatura universal haya conocido.

Yo conozco gente que escribe a veces simplemente por escribir, gente como yo, y por ello ante todo no me siento con derecho a juzgar, pero me causa la duda porque me he dado cuenta que no es más que dar vueltas en un espacio esperando a que una idea caiga para correr tras ella y desarrollarla. Ahora bien, alguna vez he visto a una de estas ideas caer y he salido corriendo tras ella para atraparla y adueñarme de ella, pero justo al hacerlo me doy cuenta de que solo recuerdo escribir por escribir, y la idea es estéril en mis manos.

Entonces, ¿qué tan bueno es escribir por escribir?

Sinceramente no lo sé, pero sé que seguiré escribiendo, aunque sea por escribir cualquier cosa, dando vueltas en un parque imaginario esperando que alguna idea caiga, como la pelota que alguna vez arrojó Dylan Thomas jugando en el parque y que aún no ha tocado el suelo, y entonces saldré corriendo otra vez como un niño desesperado y feliz, aún y cuando no sepa qué haré exactamente con la pelota en mis manos.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La espera

"El desorden de escribir en varios lugares a la vez" lo llamaba a veces, movido por cierto sentimiento vanidoso que lo hacía sentirse un poco más escritor, un poco más interesante, un poco menos aburrido y un poco más vivo, aunque muy en el fondo supiera Eugenio que se engañaba a sí mismo, pues nadie es capaz de escribir con claridad y coherencia en tantos lugares a la vez, ni siquiera los verdaderos escritores, esos que viven de escribir, y eso Eugenio lo sabía bien, pero optaba por ignorarlo.

Todo comenzaba en la acumulación paciente y paulatina de nuevas libretas para escribir adquiridas en cualquier lugar, desde un tugurio hasta la feria de libros más pomposa y refinada del país, dónde Eugenio se justificaba mediante la idea de que adquiría esos lienzos de papel como provisión necesaria ante febriles días y noches que no tardarían en llegar en los que él escribiría sin descanso, inspirado por su divina musa literaria, a quién se entregaría tarde o temprano sin remedio (aquí solía emplear un tono algo trágico y vanidoso), y así plasmaría ideas brillantes de provecho para la humanidad... y todo ello lo sentía Eugenio como su ineludible destino.

Eugenio soñaba, soñaba mucho, pero la verdad es que le hacía falta un poco de constancia en sus determinaciones, y esa era su constante tortura, no hallar la manera de autodeterminarse, no encontrar la manera de escribir esas grandes cosas a las que estaba predestinado, y así sentía frustración con cada página en blanco, con cada libreta comenzada y dejada a medias, pero esto quizá ya lo he contado.

Al respecto de esto, hay otra razón que justifica el número de libretas que mantenía Eugenio al mismo tiempo, y era su ritual (si así podemos llamarlo) de comenzar una nueva libreta a la par de comenzar dentro de su conciencia y alma un nuevo ciclo como gran hombre creador que se consideraba, y de ahí que tuviera al mismo tiempo tantos lugares dónde escribir, tantas libretas con ansiedad de tinta, y más que nada, tantos ciclos de gran hombre creador sin cerrar (si es que alguna vez los comenzó), abiertos en el tiempo y en el papel ante la obvia indecencia de cada libreta comenzada y dejada a medias al poco tiempo con sus últimas fechas que hoy son de meses atrás, y a veces hasta años, olvidadas las razones (y engañado el falso orgullo), pero en el fondo, Eugenio lo sabe, Eugenio sabe que no puede engañarse a sí mismo en el desdén que demuestra por las promesas hechas en el pasado con tanto fervor, y en lo más hondo de su corazón sabe que tarde o temprano sus demonios aparecerán, y le van a contar cuatro verdades en la cara, porque hay demonios sinceros, aunque no parezcan serlo, y le dirán:

_ ¿Qué has hecho con tanto papel y tiempo Eugenio?

_ ¿Dónde están tus ideas de gran hombre creador?

_ ¿Dónde quedaron tus promesas de ser un mejor hombre?

_ Y no temas Eugenio, que no venimos por ti, tú hace tiempo que te abandonaste a nuestros deseos...

Pero no os alarméis estimados lectores, Eugenio todavía es joven, y le queda un largo camino por recorrer, de la mano de mucha tinta, presente y futura, y esa no envejece con tanta facilidad, más pronto que tarde clamará exultante su lugar.

domingo, 24 de agosto de 2014

Lugares

Algunos lugares nos atrapan desde un primer momento, sin aviso ni explicación alguna, simplemente nos atrapan en su espacio sin mediar palabra, o más bien sin mediar fenómeno, pues, ¿cómo podría pronunciar palabra alguna un lugar? ¿o es que sí pueden hablar los lugares? Sinceramente no me atrevo a responder esa pregunta, pero si tuviera que hacerlo diría que los lugares nos hablan a través de fenómenos, sin mediar palabra.

miércoles, 21 de mayo de 2014

El Gran Romano

Abre sus múltiples bocas, desde muy temprano, y comienza a tragar, traga gente sin parar, y temprano también, aunque sólo un poco menos (menos temprano), comienza a vomitar la misma gente que hace poco se ha tragado, gente de todas las edades, tamaños y creencias, el gran romano no distingue, todos son tragados y vomitados de acuerdo a su tiempo, no al de sus víctimas, porque sólo el gran romano puede recorrer esos caminos que le permiten tragar y vomitar a placer.

Sin saberlo, los caraqueños y visitantes eventuales (como yo) son tragados y vomitados en silencio, sin novedad aparente, en una calma consuetudinaria, una cuestión del día a día.

¿Nunca se sacia el gran romano?

¿Su hambre y apetito no tienen límites?

¿O es una cuestión de nosotros querer ser tragados y vomitados constantemente?

Quizá... de todo puede haber; lo cierto es que el Metro de Caracas es un gran romano, en cuyas vísceras se puede ver de todo, y sobre todo, aprender de todo.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Génesis

Génesis, te escribo con dolor, sabiendo que ni hoy ni nunca leerás estas líneas de la única manera que conozco, pero aún así, te las escribo, porque tengo la fe inquebrantable de que estas palabras te llegarán.

Tuve el placer de conocerte Génesis, a través de amigos, de grandes amigos míos. Entonces entenderás que aún sin conocerte mucho, sé que fuiste una gran amiga, una gran persona, una gran mujer, lo sé por mis amigos, gente que quiero y que hoy lloran por ti, lloran por tu partida, injusta y cruel, que no logro ni quiero entender, me faltan fuerzas para hacerlo... mi corazón se acelera de impotencia y mi alma se deshace en indignación.

Pero reúno fuerzas y escribo, escribo porque hoy me hiciste recordar Génesis, me hiciste recordar tres momentos de mi vida.

Me hiciste recordar ese juego de fútbol entre panas, hombres y mujeres. Cumplía años un gran amigo en común y ahí nos reunimos, en medio de una cancha, caída ya una noche de septiembre, por más de dos horas a jugar, a disfrutar la vida, a reír y bromear sobre todo, y tú Génesis, tú estabas ahí, incluso recuerdo que hasta un gol marcaste, y sé que en ese instante fuiste feliz.

También me hiciste recordar ese domingo por la tarde, uno más de esos que he pasado todo el día en mi casa, cuando otro gran amigo nuestro me llamó para decirme que me llevaría una película, tenía días prometiéndomela, era "Watchmen" por cierto. Eran cerca de las seis de la tarde cuando salí a su encuentro en la calle que da frente a mi casa, iba en un carro rojo, pero no iba solo, pues iban todos los asientos ocupados, y hasta apretados se veían, pero si algo recuerdo es una cosa, iban todos felices, con una sonrisa sincera cada uno, disfrutando aquella tarde de domingo tranquila y fresca, un simple pero gran placer, y tú Génesis, tú estabas ahí, y sé que en ese instante también fuiste feliz.

Pero sobre todo me hiciste recordar Génesis, el día en que te conocí, y te sorprenderás de que por azares del destino hasta la fecha recuerdo, fue el domingo 2 de enero del año 2011. Éramos un grupo grande, dispuestos a aprovechar ese primer domingo del año en la playa, pero no en cualquiera, por eso nos levantamos temprano y nos pusimos en camino, en varios carros y en caravana, pues el destino final era el gran Cayo Sombrero en el Parque Morrocoy, orgullo de nuestra gran Venezuela. Entre varias paradas y el tráfico llegamos finalmente a eso de las once de la mañana, colocamos todo en su sitio y nos dispusimos a disfrutar de aquel paraíso caribeño. Algunos se lanzaron al mar inmediatamente, otros sacaban fotos y otros se preocupaban ya por la comida y las bebidas, cuando al poco tiempo, no habrían pasado ni dos horas, comenzó a pegar una brisa que levantó toldos y sombrillas en la isla, y luego comenzó a llover, de una manera que picaba, con el agua cayendo de una forma casi horizontal y la arena levantándose bruscamente. Tuvimos que llamar al peñero antes de tiempo e irnos de la isla, lo recuerdo porque fui yo el que llamó, y porque bueno, nunca había durado tan poco tiempo en una playa. De regreso ya, la última parada fue por unas cocadas en Agua Salobre, antes de emprender el regreso a casa, y recuerdo Génesis, y esto francamente me impresiona hoy, una imagen, tú en el carro de adelante, recibiendo una cocada, porque tú estabas ahí, y sin siquiera haber cruzado contigo una palabra aquel buen día hoy puedo apostar a que en ese instante, sí, fuiste feliz.

Discúlpame que recuerde tanto Génesis, pero todo esto, todas estas imágenes que dan vueltas en mi cabeza son fotografías idílicas que nunca olvidaré, y solo hice mención a ellas para recordarte que estuviste ahí, en momentos felices de mi vida y la de muchos, y particularmente debo decirte que fue un honor. Me quedaré con esas tres imágenes y te recordaré así, como una mujer feliz, no puedo hacerlo de otra manera con alguien tan alegre y positiva para este mundo y que se nos va de una manera tan siniestra... y tengo fe Génesis Carmona, tengo fe de que el universo y la Providencia pondrán las cosas en su justo lugar.


Con sinceridad, desde el corazón de un conocido de la vida

Hamid

lunes, 3 de febrero de 2014

Realidades

Buscaba realidades, era adicto a ellas. Por ello conservaba en su casa montones incontables de cualquier tipo de prensa que hablase de sucesos. Revistas y periódicos, diarios y semanarios, libros  y suplementos, todos apilados unos sobre otros en un orden totalmente aleatorio y eventual, o más bien cabría decir en un desorden espacial con lógica temporal, pues tal y como habían llegado esas hojas de papel a sus manos y ojos terminaban disponiéndose en algún oscuro rincón luego de las frenéticas y excitantes lecturas, porque no, no podía siquiera concebir la idea de deshacerse de ellas, no, no se puede mandar a la basura semejante realidad con tanta ligereza. Debía conservarla, debía ser su guardián, y no era algo que creía, era algo que simplemente sabía.

Gregorio Mujica era un hombre entrado ya en sus cuarenta, vivía solo, en una acomodada pero antigua (o viceversa si prefieren) urbanización donde quedaba la vieja casa que había heredado de sus abuelos paternos, y nada amaba más hacer en sus días y horas fuera de los tribunales de la ciudad que leer, acumular, releer y custodiar primero cientos y luego miles de noticias de sucesos recortadas o encajadas en los más diversos medios impresos de la región y el país. 

Así, pasaba noches y madrugadas enteras paseando sus ávidos ojos entre víctimas y presuntos homicidas (porque uno nunca sabe, solía decirse en silencio), entre corruptos y filántropos, entre culpables e inocentes, pero sobre todo, como a Gregorio le gustaba llamarles, entre realidades.